miércoles, 5 de mayo de 2010

LA EUROPA BLANCA


Vayamos a lo esencial: Europa, nuestra Europa, está amenazada de muerte. Muerte biológica y espiritual porque es ilusorio creer, como algunos afirman, que un alma pueda sobrevivir sin estar encarnada en una realidad biológica. La «raza del alma» en la que se refugian algunos evolianos es un engaño, una ilusión mortal.
Es suficiente con mirar alrededor: «las parejas mixtas» y sus niños se multiplican, alentados por todos los colaboracionistas del Sistema, los celotes de la ideología cosmopolita y de la orquestación mediática. Es algo que encanta a los bobos, seguro, pero que representan muy claramente la muerte anunciada (y deseada) de Europa.
Es en relación a esta realidad que cada europeo, debe, hoy, posicionarse claramente. Sin hablar del sexo de los ángeles ni buscar tres pies al gato, especialidad de los que buscan siempre las mejores razones para no asumir sus responsabilidades o para justificar lo injustificable, es decir la traición de un pueblo al que se pertenece por nacimiento (traición de la que ciertos “intelectuales” se vanaglorian).
Es el momento, es el gran momento de denunciar sin evasiones, sin timidez, sin cobardía por los que se pretenden «buenos europeos», mientras que rehúsan a pronunciarse sobre la única realidad que cuenta, ahora, cuando se habla de Europa, a saber de su identidad racial que este término implica. Es nuestra responsabilidad histórica, nuestro deber absoluto: es necesario desafiar los tabúes y llamar a las cosas por su nombre. Es sólo así que se puede esperar a despertar o redespertar la conciencia identitaria de los europeos, sumergidos por un condicionamiento mental permanente que les incita a olvidar o a traicionar sus orígenes y a aceptar, e incluso a buscar, la muerte de su identidad biológica por el mestizaje (convertido en «tendencia» desde la llegada de Osama al poder…), consecuencia «lógica» de la implantación de poblaciones exóticas que entienden esta implantación como una conquista. Es lo que resume perfectamente Guillaume Faye en su libro ¿Por qué luchamos?: «El etnomasoquismo se asemeja a la vergüenza y el odio a sí mismo. Es una psicopatía colectiva, provocada por un largo trabajo de propaganda a favor de una pretendida culpabilidad fundamental de los pueblos europeos frente a los demás, de los que los europeos serían los “opresores”. Por esto sería necesario arrepentirse y “pagar la deuda”(…).  El hombre europeo estaría manchado por  un pecado original, una tara racial intrínseca, sería culpable de ser lo que es”. Por nuestra parte dedicamos a los que cultivan y programan esta tara, este sida mental, un pasaje del himno de los Lansquenetes: «llegará el día en el que los traidores pagarán».
Raíces raciales.
Las raíces raciales de Europa son bien conocidas. Están precisamente descritas, desde hace tiempo, en numerosos trabajos de antropólogos, bien resumidos por Henri-V. Vallois en su obra Las races humaines (PUF, 1ª edición 1944, con numerosas reediciones… pero hoy, a saber por qué, retirada del catálogo por el editor). Vallois, que fue profesor en el Museo Nacional de Historia Natural, director del Museo del Hombre y del instituto de Paleontología humanan, escribió que Europa «es fundamentalmente el dominio de la raza blanca». Retomando una clasificación establecida por otros investigadores, entre ellos Georges Montandon, define cinco razas constitutivas de la población europeos desde la prehistoria y la protohistoria: nórdica, est-europea (también llamada báltica-oriental (báltica oriental)) alpina, dinárica (también llamada adriática) y mediterránea. Este fondo racial es el constitutivo de los pueblos que han forjado la cultura y la civilización europea desde la Edad del Bronce: griegos y latinos, iberos, ligures, celtas, germanos y eslavos. Es teniendo una clara conciencia del parentesco racial de estos pueblos cómo se puede desarrollar un espíritu europeo capaz de superar las diferencias que a lo largo de la Historia, han enfrentado a unos europeos con otros. Siempre para su mayor desgracia. Y por la mayor satisfacción de nuestros enemigos. Hoy, es poniendo por encima el estrecho parentesco de los diversos componentes de la Europa blanca como se puede llegar a hacer un frente común contras los invasores llegados de otros continentes.
El plomo ideológico que pesa en la Europa de hoy sobre el pensamiento y su expresión hace que evocar la identidad racial de Europa se haya convertido en una tarea de alto riesgo. Queda lejos el tiempo en el que el gran historiador de la Galia, Camile Jullian escribiera tranquilamente, en su prefacio al libro de Dottin Les Ancines peuples de L`Europe (1916): «La cuestión de la raza, de la forma en la que lleguemos a resolverla, es la cuestión más importante de la historia de los pueblos». De ahí la cuestión crucial del mestizaje, abordada sin ambigüedades por Eugène Pittard, que fue profesor de antropología en la Universidad de Ginebra y director del museo de Etnografía en la misma ciudad. En su obra Les races et la histoire (1953), escribió; «allí donde se produce la amalgama entre dos razas muy diferentes, puede comenzar un verdadero peligro para la Eugenesia (…) Se puede creer que la influencia de la sangre de los blancos sería la salvación social para ciertas razas consideradas como inferiores: pero mirémoslo desde otro punto de vista; por el contrario,  a lo largo de la Historia, la introducción de sangre extranjera penetrando en la nuestra, imponiendo sus cualidades propias, neutralizando las nuestras, o desviándolas? (…) Estos problemas de la mezcla de razas interesan al máximo tanto para el pasado como para el avenir de la Humanidad». Medio siglo después de su redacción, estas líneas conciernen evidentemente de forma muy clara a la situación de Europa.
Es un fenómeno nuevo,  en el desarrollo de la Historia, como lo ha remarcado Dominique Venner: «Por primera vez en su multimilenaria historia, los pueblos europeos, no prevalecen en su propio espacio, ni espiritualmente, ni políticamente, ni étnicamente» (Histoire et traditions des Europèens, 30000 ans d´identité). En efecto la identidad racial de Europa nunca ha sido puesta en cuestión de forma tan clara ni siquiera en los peores momentos de las invasiones llegadas de otros continentes. Estos incluso han sido momentos de toma de conciencia de desafío racial (mientras que la identidad es vivida inconscientemente, como algo asumido sin haber sido formulado, cuando no está amenazada).
Consciencia racial
En la antigua Grecia, fue la amenaza de las armas persas, verdadero mosaico étnico llegado de Oriente(1), la que llevó a las ciudades helénicas a firmar el deber de solidaridad racial frente al imperialismo venido de Asia, negador de los valores constitutivos de la concepción del mundo de los griegos. El desafío fue luminosamente descrito por François Chamoux (La civilisation grecque, 1983), cuando evoca las motivaciones de los combatiente de Maratón: «Ante un Asia de la que conocían perfectamente el poder, la riquezas y la grandeza, basadas en la sumisión de masas humanas a los caprichos de un monarca absoluto, defendieron por las armas la ideas jurídica de una ciudad compuesta por hombres libres. Cuando en la fresca luz de una mañana de verano, los soldados de Miltíades, con el escudo redondo en un brazo y blandiendo su larga lanza, avanzaron paso marcial contra los persas, cuya masa sombría se oponía a la  luz luminosa de las olas del mar; no combatían sólo por ellos mismos, sino también por una concepción del mundo que será más tarde la común a  Occidente».
Herodoto (Historia), reporta una ilustración elocuente de la elección hecha por los griegos cuando explica cómo los atenienses, por lo tanto opuestos a los espartanos por una vieja y tenaz rivalidad, juran obedecer a los viejos cargos, y no traicionar a Esparta frente a los persas, explicando así su determinación: «La raza griega es de la misma sangre, habla la misma lengua, comparten los mismos templos y los mismos sacrificios: nuestras costumbres son parecidas. Traicionar esto sería un crimen para los atenienses». Para Platón (La República) es una evidencia: «Los pueblos griegos se diferencian de los bárbaros por la raza y por la sangre». En cuanto a Aristóteles (Política) también es categórico: «Es factor de sedición la falta de comunidad étnicas…Porque del mismo modo que una ciudad no se forma por una masa de gente tomada al azar, del mismo modo que no se forma en no importa qué espacio de tiempo. Es por esto por lo que entre los que, hasta el presente, han aceptado a extranjeros para fundar una ciudad con ellos o les han agregado a la ciudad, han conocido sediciones».
En época helenística, los griegos de Alejandría se acordaron del mensaje practicando una estricta endogamia étnica, que rechazaba todo matrimonio mixto
En Roma, la amenaza mortal representada por los cartagineses, semitas que habían construido una potencia comercial en el Mediterráneo según el modelo de sus congéneres fenicios, fue entendida como un choque de civilizaciones,  porque era «la lucha de un pueblo esencialmente marítimo y comerciante y un pueblo esencialmente de tierra, guerrero y campesino» (Fernand Braudel). De ahí el famoso requerimiento lanzado sin descanso por Catón el Viejo a sus compatriotas: Delenda est Carthago (Cartago deber ser destruida). En cuanto a Tácito, él también estaba convencido del peso del factor racial, aplicándolo a los germanos de los que hizo la siguiente descripción (Germania): «por mi parte, estoy de cuerdo con la opinión de los que piensan que los pueblos de Germania, al no haber estado nunca ensuciados por otras uniones con otras tribus, constituyen una nación particular, pura de toda mezcla y que no se asemeje más que a ella misma».
Cuando Roma olvida la ley de la sangre, fue el comienzo del fin. Entonces un cierto Saulo de Tarso (el futuro san Pablo) nacido de «una familia judía de sangre, pura y de estricta observancia» (Marie-Françoise Beslez, Saint-Paul, 1991) podía jactarse de ser ciudadano romano, porque su familia había pagado el precio para ello. La ciudadanía romana no tenía definitivamente más que un significado identitario, desde que en su edicto de 212, el emperador Caracalla, de origen púnico-siriaco, decreta lo que sería algo propio de todos los habitantes del imperio. Su primo, que reinó en el Imperio bajo el nombre de Heliogábalo, bailaba vestido con ropa fenicia púrpura y lleno de joyas, ante una gran piedra negra supuestamente caída del cielo, divinidad de la que él era el gran sacerdote….
En un Imperio romano agonizante, la consciencia racial de los europeos provocó una reacción de autodefensa, cuando, frente a los hunos de Atila, venidos de Asia, galo-romanos de Aecio y germanos (visigodos, francos, burgundios) detuvieron a los invasores en la batalla -en Champaña- de los Campos Cataláunicos (451). Símbolo y anuncio de una síntesis entre la herencia romana y la nueva sangre germánica que, junto al aporte de la tradición celta, dio nacimiento a la Europa de la Edad Media.
Una Europa amenazada por la voluntad de conquista del Islam
Frente a esta amenaza se afirma una conciencia identitaria.  Como ejemplo, el autor anónimo, cristiano de Córdoba que vivía bajo el yugo islámico, quien anotó en el 732 que en algún lugar de la Galia los ejércitos de la yihad, habían sido vencidos por los europenses (los europeos), de un jefe franco llamado, Carlos Martel. No es necesario explicar que lo que él explica es un choque de civilizaciones… En cierto modo, se puede estar tentado de hacer una gran salto cronológico recordando una declaración demasiado poco conocida de Benjamin Disraëli (1804-1881), primer ministro de la reina Victoria desde 1874: «La raza lo es todo; no existe ninguna otra verdad y cada raza debe castigar a quien abandone su sangre a las mezclas».
En la Europa de la Edad Media y después en el Renacimiento, los hombres traducen, conscientemente o no, en la estética religiosa la fidelidad a sus orígenes: innumerables representaciones de la Virgen y el niño se presenta a la veneración de las masas los rasgos de una madre rubia llevando en sus brazos a un bebé rubio. Desde  época romana hasta el Renacimiento, numerosos artistas utilizan el mismo canon estético para representar a Venus, Flora, o las tres Gracias. Se puede verificar, entre otras, en las pinturas de Filippo Lippi, Masaccio, Fra Angelico, Benozzo Gozzoli, Lorenzo di Credi, Piero de la Francesca, Giovanni Bellini, Sandro Botticelli, Antonello da Massina, Raphael y Tiziano. Éstos por Italia. Pero encontramos el mismo criterio de representación entre los artistas flamencos (Jan van Eyck, Robert Crampin, Rogier van der Weyden), el alemán Martin Schongauer, el español  Lluis Dalmau, y los franceses Barthélemy,  d´Eyck, Enguerrand, Quarton, Jean Fouquet, el Maestro de Rohan. Es una ilustración, entre otras muchas, de un sincretismo religioso que ha llevado al cristianismo a integrar, para su mayor éxito, el imaginario llegado desde una larga memoria colectiva, en la que la religiosidad tenía forzosamente una connotación étnica.
Frente común.
Hay una clave para comprender la formidable movilización de masas que fueron las Cruzadas. Frente al viejo enemigo musulmán, que jamás ha renunciado realmente a conquistar Europa, los europeos han elegido llevar las armas a la otra orilla del mar. ¿Para reconquistar Jerusalén? Ciertamente. Pero fue un símbolo que permitió reagrupar bajo un mismo estandarte a las fuerzas vivas de Europa.
Es este símbolo (que volvemos a encontrar cuando se trata de salvar a Viena de los turcos en 1529 y en 1683 también, contra el mismo enemigo, en la batalla de Lepanto), es lo que se necesita recuperar y blandir hoy en Europa. Porque nuestra Europa, es la del frente común de los europeos ansiosos de defender su identidad contra los invasores llegados de otros continentes. Y para este combate, elemental de supervivencia es necesario tener la inteligencia de poner codo a codo, a los que van a misa con los que no. Porque, al fin y al cabo, los invasores no harán diferencias entre unos y otros, todos serán considerados como infieles a los que someter o abatir, a mayor gloria de Alá («el misericordioso», claro está).
Es por esto por lo que he tendido y continuaré tendiendo la mano tanto a los católicos de tradición como a los ortodoxos,  en nombre de la fraternidad blanca en la que creo y que debe unir, trascendiendo todas las divisiones secundarias (y respetables) que no deben hacer olvidar lo esencial. Y lo esencial, para que existan fuerzas de resistencia y reconquista, es que los europeos concientes de su identidad tengan hijos, muchos hijos. Porque el desafío demográfico es vital para el futuro de nuestros pueblos. Lo saben bien los invasores que, como dicen sin complejos, confían en el vientre redondo de sus numerosas mujeres para asegurarse la victoria, la gran revancha sobre esos odiados blancos, es  necesario, después de haber roto su fertilidad, someternos a la servidumbre. O suprimirnos.
Europa, Occidente, racialismo.
Demasiados europeos confunden aún Europa y Occidente. Nuestra Europa es la antítesis de Occidente. Esta fractura total, esencial (en el sentido etimológico de la palabra) está ilustrada por el modelo americano, como ha demostrado perfectamente el número de Nouvelle Ecole consagrado a «América» (nº27-28, 1975).
Es necesario recordar la excelente definición de Occidente que da Guillaume Faye (op. cit): «Civilización planetaria, hijo pródigo y bastardo de Europa, dominada hoy por el modelo americano, que tiene como objetivo universalizar la primacía absoluta de la sociedad de mercado y el igualitarismo individualista, cuya consecuencia es hacer olvidar a los europeos su propio destino (…). La civilización occidental no reconoce ningún valor étnico sino que se confunde con un proyecto de civilización cosmopolita, basada sobre el modelo americano (…). La civilización occidental, convertida en realidad en civilización mundial en la medida en que no tiene anclajes territoriales estrictamente situados “al oeste”, se caracteriza por la primacía absoluta de la economía sobre toda otra consideración, esta economía (ya sea “vieja” o “nueva”) busca la rentabilidad especulativa y rentabilidad a corto término, sin ninguna preocupación seria por consideraciones ecológicas, étnicas o sociales». De ahí «el establecimiento de un salvajismo social en todos sitios».
Estas líneas, escritas en 2001, toman una resonancia especial hoy, cuando la crisis financiera y económica no termina de terminar, con su procesión de destrucciones socioeconómicas, de las que quizás sólo hayamos visto un anticipo. Gracias Occidente. Un Occidente encarnado por ese personaje emblemático que es el crápula Madoff. Pero que el árbol no impida ver el bosque…. Detrás de Madoff  hay todo un sistema. Es por esto que nuestra Europa, para existir, deberá emanciparse de ese Sistema y adoptar un modelo de organización socioeconómica basado en una economía orgánica y un solidarismo identitario. Estamos trabajando intensamente en la elaboración de un proyecto de sociedad, totalmente alternativo.
Un proyecto que tendrá una base racialista. El racialismo afirma que la identidad de los pueblos se basa de forma prioritaria -aunque no exclusiva- en la pertenencia racial y en que el reconocimiento de esta realidad debe permitir a cada pueblo su derecho a la identidad. Esto nos lleva al respeto a la diversidad de los pueblos, el respeto al derecho a la diferencia, la riqueza de la humanidad, ahora amenazada de esterilización por la reducción a un modelo único. El racialismo recusa por lo tanto, en nombre de la especificidad de cada pueblo, toda jerarquización de los pueblos porque una jerarquización implica forzosamente un solo criterio de evaluación, independientemente de las poblaciones que sean evaluadas.
Es por esto, la mejor protección contra el racismo. Mientras que una sociedad multirracial es forzosamente, inevitablemente, multirracista, en razón de una imposible cohabitación en un mismo territorio de comunidades demasiado diferentes unas de otras. La aplicación de un principio identitario «una tierra, un pueblo», permite establecer relaciones de respeto mutuo entre los pueblo y, por qué no, de cooperación, tomando en cuenta los intereses de todas las partes.
En un mundo multipolar, nuestra Europa será una promesa de equilibrio, de seguridad, de libertad y de paz.

Pierre Vial.

Nota:
1. En Leyes, Platón escribe: «Las regiones que dominan actualmente los persas viven en una dispersión  lamentable, a fuerza de desplazamientos y de mezclas». Es la forma de decir que el gigantismo del Imperio persa ha llevado a sus soberanos a aglutinar, para lograr masas de población, entorno a un núcleo persa de origen indo-europeo un magma de poblaciones heterogéneas.

martes, 16 de marzo de 2010

LA TIERRA EN LA TRADICIÓN INDOEUROPEA


Como para muchas otras nociones reconstruidas, la concepción indoeuropea de la Tierra no es comprensible más que en la perspectiva cronológica de la Tradición, expuesta en un artículo anterior (1).

La Tierra en el período más antiguo (paleolítico o mesolítico)

El indoeuropeo tiene un viejo nombre de la tierra, *dheg’hom, cuya forma completa no es conservada más que en las lenguas indoeuropeas de Anatolia (particularmente en hitita). Por otra parte, el grupo de consonantes iniciales de la forma reducida *dhg’hom ha evolucionado diversamente, por inversión como en el griego chthôn −pronúnciese cton. N. d. T.− (de donde el adjetivo francés chthonien) o por simplificación como en el ruso zemlja −pronúnciese zemlia. N. d. T.−, el viejo irlandés o el latín humus. Este nombre de la tierra se aplica raramente a una divinidad: El único rastro probable es el nombre (recurrente) de la madre de Dioniso, Sémele, cercano al ruso zemlja, el cual también ha sido personificado secundariamente en el folclore: Mat’ Syra Zemlja, «la Tierra Madre húmeda». Pero ni el griego chthôn ni el latín humus ni los otros representantes de esta forma lo han sido. Otra designación de la tierra, común al griego y al germánico, *erâ, *ertâ (alemán Erde, inglés earth, etc.) a la cual pueden relacionarse las formas *n-er-, *n-ert- significando «bajo tierra», no ha sido tampoco empleada como nombre divino en fecha antigua.

Probablemente estas designaciones remontan al período más antiguo de la Tradición indoeuropea, aquél donde predominan el Fuego bajo sus diversas formas, fuego terrestre del hogar, fuegos celestes del rayo y del Sol, fuegos latentes, y las entidades celestes que presiden a los ciclos temporales: El Cielo del día, cuyo nombre, de género femenino, designa también al Sol; la Aurora y sus hermanos los Gemelos divinos (que «devuelven» cada año a su hermana fugitiva o raptada); el Cielo nocturno y la Luna (masculina). En la época, no es el trabajo de la tierra el que asegura la subsistencia de las poblaciones de cazadores recolectores. Y si admitimos la hipótesis de un origen circumpolar de la forma más antigua de la Tradición indoeuropea, la tierra helada y recubierta de nieve durante la mayor parte del año no tenía apenas sitio en su imaginario. Es posible que la «Tierra negra», es decir el espacio subterráneo, haya sido asociado al Cielo nocturno; es de nuevo el caso según Homero, como veremos. La una y el otro han sido considerados (conjuntamente o alternativamente) como la morada de los muertos que ha sido localizada bajo la tierra, de donde la asociación de Tellus a los Manes en el ritual descrito por Tito Livio, 8, 9, 6, pero también en la luna.

La Tierra en el período común (Neolítico)

Todo cambia con el período neolítico: Es en adelante la tierra quien asegura la subsistencia, por la agricultura y por la ganadería. La sedentarización establece un vínculo entre el pueblo y el suelo sobre el cual vive; un vínculo afectivo, que observamos por ejemplo en las tres estrofas del himno a la Tierra del Atharva-Veda, 12, 1, 23-25, consagradas al olor de la Tierra. La cosmología ha cambiado: A los cielos tornadizos y diferenciados de la cosmología antigua les ha sido substituido un cielo fijo e indiferenciado, que ya no se confunde pues con el Sol, y cuyo nombre es de género masculino. Es el «Cielo padre» del cual ha nacido el dios supremo de diversos panteones, el Zeus pater griego, el Júpiter latino. Tiene inicialmente por esposa a la Tierra madre, que lleva desde ahora diversos nombres, por ejemplo el femenino del adjetivo significando «amplio»; este nombre es representado por diversas formas estrechamente emparentadas en indoiranio y en germánico. Un antiguo calificativo de la tierra «donde la mirada se extiende a lo lejos», «vasta», está en la base del nombre de Europa. La «vasta tierra» tiene en lo sucesivo un centro fijo, su «ombligo», en el cual arde un fuego: El onfalos de Delfos y sus correspondientes védicos. Este centro es el de un círculo o, más raramente, de un cuadrado cuyos ángulos son los cuatro puntos cardinales, definidos por el ciclo solar. A su vez, la geometría «medida de la tierra» permite determinar precisamente el curso de los astros y los ciclos temporales. Pero la Tierra es ante todo una madre nutricia, una vaca lechera. Es manifiestamente, pues, a este período al cual remonta el ritual común a la India y a Roma del sacrificio a la Tierra de una vaca preñada (la «vaca de ocho patas» del ritual indio, la «víctima preñada» de Ovidio, Fastos, 4, 634), concordancia notable puesta en evidencia por Georges Dumézil (2), de la que extrae su significación (pág. 376): «El principio del sacrificio es claro. Nos encontramos, dice Ovidio (20633-634), en el momento donde todo es grávido, la tierra con la simiente, como las bestias; es por lo que, a Tellus preñada, se le ofrece una víctima preñada: Y en virtud de la regla simbólica ordinaria que quiere que se le ofrezcan a una divinidad víctimas que le sean homólogas (...); y también para proporcionarle aquello que debe, bajo otra forma, producir». El Himno homérico a la Tierra evoca a una figura similar, 5-16 (3): «Es a ti a quien pertenece dar la vida a los mortales, así como retomársela. ¡Feliz aquel a quien tú honras con tu benevolencia! Posee todo en abundancia. Para él, la gleba de la vida está cargada de cosecha; en los campos, sus rebaños prosperan, y su casa se llena de riquezas. Gobiernan con justas leyes una ciudad donde las mujeres son bellas; la gran fortuna, así como la opulencia, siguen sus pasos. Sus hijos brillan de una alegre y vigorosa juventud; sus hijas, con el corazón contento, juegan en las danzas floridas y saltan entre las tiernas flores de los prados: ¡He aquí la suerte feliz de aquellos a quienes tú honras, diosa augusta, divinidad generosa!». Se encuentra también a una representante de la Tierra madre en los pueblos suevos, según Tácito, Germania, 40-2 (4): «Tienen un culto común por Nerthus, es decir la Tierra Madre, creen que ella interviene en los asuntos de los hombres y circula entre los pueblos. Hay en una isla en el Océano un bosque santo, y allí un carro consagrado, cubierto por un velo; sólo el sacerdote tiene el derecho a tocarlo. Sabe que la diosa está presente en su santuario y la acompaña muy respetuosamente, arrastrada por becerras. Son entonces días de alborozo, es fiesta en todos los lugares a los que ella se digna honrar con su visita y con su estancia. Tampoco emprenden guerras, no empuñan las armas; toda arma (blanca) es guardada; paz y tranquilidad son entonces solamente conocidas, son entonces solamente queridas, justo hasta que, estando saciada la diosa por el comercio de los mortales, el mismo sacerdote la devuelve a su templo. Después el carro, los velos y, si se quiere bien creer, la divinidad misma son bañados en un lago retirado: Esclavos son quienes hacen ese servicio y enseguida el lago los engulle. De ahí, un religioso terror y una santa ignorancia alrededor de este misterio que no se puede ver sin perecer». El nombre de Nerthus ha sido interpretado diversamente; cierta relación con la base grecogermánica ut supra mencionada *n-ert- emparentada con el nombre de la tierra (germánico *erthô) es, entre varias, una de las posibilidades consideradas. Pero como, a pesar de la incertidumbre de la etimología de su designación, la identificación de Nerthus a la Tierra parece probable, la indicación de su carácter pacífico toma cierta significación y proporciona una indicación cronológica: Corresponde pues a la diosa Tierra del Neolítico antiguo, el cual, en conjunto, es un período de paz. Pero es sobre todo en la India védica en la que está representado de modo seguro, a título residual, es verdad, el culto a la Tierra y el rendido a la pareja Cielo Tierra. La pareja es el objeto de una pequeña serie de himnos del Rig-Veda; la Tierra sola es celebrada en un himno breve del Rig-Veda y en el extenso himno precitado del Atharva-Veda (5), donde ya no es la esposa del Cielo, Dyau, pero sí de Indra, o del dios de la lluvia, Parjanya. Así mismo, a juzgar por el nombre del dios escandinavo Niord que, habida cuenta de los cambios fonéticos, equivale exactamente al de Nerthus, parece que entre los germanos la diosa Tierra haya formado una pareja con un dios marino; pareja a la vez fraternal y conyugal, según el uso de los dioses Vanes.

La diosa Tierra está estrechamente vinculada a la verdad, indoiranio *(a)rta, mencionada tanto en el himno del Atharva-Veda como en la serie del Rig-Veda. Sabemos que el modelo cósmico de la verdad reside en la regularidad de los ciclos temporales (indoiranio *r(a)tu). Pero esta regularidad no ha podido ser determinada precisamente más que a partir de la geometría, como hemos visto. Es en parte por lo que la tierra está vinculada, también ella, a la verdad. Así mismo, es invocada como garante de un pacto en la Ilíada, 3, 276 y ss., conjuntamente con Zeus, el Sol y los Ríos, y de un juramento, en la Odisea, 5, 184, con Urano y el agua del Éstige. Este vínculo con la verdad funda a la vez su función oracular y la de garante de la concordia, atestadas la una y la otra en el folclore eslavo (6). La Tierra predice al campesino la calidad de la cosecha: «Si caváramos un hoyo en la tierra y si escucháramos en el orificio, la tierra emitiría un sonido particular para una buena cosecha por venir, y un sonido diferente para una mala cosecha». Y vela por el respeto de las reglas de la vida en común, de las relaciones de buena vecindad, así como del respeto de la palabra dada: «Los campesinos zanjaban los conflictos de propiedad poniendo por testigo a Zemlja, y, cuando se prestaba juramento, se ingería una bolita de tierra». La diosa griega Temis cuyo nombre significa «colocada» encarna a la vez a la Costumbre (el derecho consuetudinario) y a la Tierra, como lo indican la unión Gea Temis, atestada en una inscripción, y un pasaje de Esquilo, Prometeo encadenado, 209, «Temis y Gea, entidad única bajo nombres diversos». La Tierra simboliza al derecho consuetudinario de la sociedad linajuda de los indoeuropeos neolíticos. Según Hesíodo, Teogonía, 135 y ss., Temis es la madre de las Moiras (7), diosas del destino, de las Horas (8), las tres estaciones del año, de Eunomia «buen orden», de Diké «justicia» y de Eirene «paz»; preside en un orden cósmico y social de una sociedad apacible. Es probablemente ésta la razón por la que el Avesta la designa con el nombre del «pensamiento conforme», del «respeto», Armati, que tiene por antagonista a Tarômati «desprecio»: «pensar de modo conforme» y «decir la verdad» se expresan con fórmulas tradicionales estrechamente enlazadas. Verídica, tiene también una función oracular: En Delfos, el oráculo de Apolo fue precedido por los de la Tierra y de Temis, como lo indica la Pitia en los primeros versos de las Euménides de Esquilo (9): «Mi plegaria, entre los dioses, atribuye un lugar aparte en primer lugar a la primera profetisa, a la Tierra; tras ella, a Temis, quien se sienta la segunda en el puesto profético dejado por su madre, como lo afirma un viejo relato». En la India, la Tierra es también vinculada a la verdad, Atharva-Veda, 12, 1 ab, «Elevada realidad, fuerte verdad... afirman a la Tierra». Lo es también de modo indirecto bajo su otro nombre de Aditi por sus hijos los Âdityas, quienes se convertirán en los dioses de la «religión de la verdad»: *Mitra «contrato de amistad», *Bhaga «(justo) reparto», etc. Pero aquí, como se deduce del pasaje citado del Atharva-Veda, y de un verso del himno a Mitra del Rig-Veda, 3, 59, 1 b, «Mitra sostiene a la Tierra y el Cielo», la relación se ha invertido: A la concepción de la Tierra como sostén de la verdad, propia a la mitología de Gea Temis y al folclore eslavo de Zemlja, sucede la de la Tierra sostenida por la verdad. Esta concepción parece haberse desarrollado hacia el fin del período común, en la «sociedad heroica».

La Tierra en el período de las migraciones (Edad del Bronce)

Con la sociedad heroica, la cual, para la arqueología, emerge en la edad del bronce, la capa dominante regresa a una economía de depredación fundada sobre la razzia, mientras que el resto de la población continúa practicando la agricultura y la ganadería. La tierra pierde entonces una gran parte de su interés, y la diosa de su prestigio, ya muy menoscabado por la jerarquía de las funciones que se establece desde el período común. La Tierra negra es vinculada a la tercera función y, en la tríada de los colores, simboliza al principio inferior: Así es en el mito hesiódico de la creación de la humanidad tras el diluvio, según el cual Hele, la antecesora de los helenos, nace de la unión de Deucalión «Blanco» y Pirra «Roja», mientras que los bárbaros nacen de la Tierra negra. Destaca en el Canto de Rig éddico, mito fundador de la jerarquía social escandinava, que sólo la casta servil está en contacto directo con la tierra; el hombre libre no lo está más que por la labor, y el noble no lo está. De ahí viene la desafección por la diosa Tierra. Según Homero, Tierra y Cielo, Gea y Urano estrellado, el antiguo Cielo nocturno, son los «viejos padres», que ya no intervienen más en los quehaceres del mundo y que, además, se desavienen. La Teogonía de Hesíodo da diversas razones de su desavenencia, pero la razón esencial es que están efectivamente separados.

Pero la relación con la verdad encuentra nuevas aplicaciones en una sociedad que privilegia a las solidaridades electivas. Así es en el ritual escandinavo del juramento de fraternidad, tal como lo describe un pasaje de la Saga de Gisli Sursson, capítulo 6 (10): «levantan largas fajas de hierba fuera de la tierra, de tal suerte que sus extremidades quedan clavadas en la tierra. Emplazan por debajo una lanza incrustada, de tal modo que un hombre pueda alcanzar con la mano los clavos que fijan la punta de hierro al mango. Debían pasar por ahí debajo todos ellos, los cuatro, Thorgrimr, Gisli, Thorkell y Vesteinn. Ahora, se abren una vena y hacen derramar juntos su sangre en el hoyo dejado por los terrones de hierba, y mezclan el todo, tierra y sangre. Después se echan de rodillas y prestan el juramento de vengar a cada uno de ellos como a su propio hermano, y toman a todos los dioses por testigos». Este ritual se encuentra −a despecho de la cristianización− en la Saga de los hermanos juramentados (ibid., p. 639): «Pensaban siempre más en promoverse en esta vida terrestre que en la gloria de la alegría del otro mundo. También se comprometieron mediante juramento a que aquel que viviría mucho más tiempo vengaría al otro. Y por mucho que la gente fue declarada cristiana, el cristianismo era reciente en aquella época y muy ignorado, de tal suerte que muchas chispas de paganismo persistían así como algunas malas costumbres». Sigue la descripción del ritual, idéntico al precedente.

La Tierra en los pueblos indoeuropeos de la época histórica

En la ciudad antigua y según los diversos pueblos europeos de la época histórica, la tierra no recobra la importancia que le atribuía la sociedad neolítica, y los vínculos con la verdad desaparecen con los últimos vestigios de la sociedad heroica. La Tierra es una divinidad arcaica en Grecia, tal como hemos visto. Su asociación al antiguo Cielo nocturno, «Urano estrellado», remonta probablemente al período más antiguo de la Tradición. Pero quedan también algunos vestigios de una asociación al antiguo Cielo del día: Gea es asociada a Zeus en algunos lugares, particularmente en Dódona y en Atenas. En Roma, la Tierra es una divinidad menor, desprovista de flamen. Se llama Terra o Tellus; esta última, de la cual hemos recordado anteriormente el ritual antiguo del sacrificio de la vaca preñada, no está vinculada ni al Cielo (que ya no es divinizado), ni a Júpiter (que ya no es un dios Cielo), pero ha sido dotada de un paredro masculino, Tellumo. No se le conoce culto alguno entre los celtas, para quienes la tierra no tiene designación genérica: Representante del antiguo nombre de la tierra, el viejo irlandés ha tomado el sentido de «lugar», «sitio». Ni entre los pueblos germánicos de la época histórica, puesta a parte la misteriosa diosa Erce, «madre de la tierra», que aparece en un encanto viejo inglés: Erda es una invención de Richard Wagner, a partir de la diosa escandinava Iord, diosa menor que Snorri omite en la lista de las diosas que éste enumera en el capítulo 35 de su Gylfaginning, pero que menciona brevemente −sin duda en razón de su hijo− en el capítulo 36, a continuación de las Valquirias: «Iord, la madre de Thor, y Rind, la madre de Vali, también se encuentran entre las diosas Ases» (11).

Conclusión

Ausente de la más antigua Tradición, ligada al Gran Norte, de cazadores recolectores, la Tierra toma una significación concreta para los agricultores ganaderos sedentarios del Neolítico, para quienes es no solamente una madre nutricia, si no también la base de una sociedad en adelante ligada al suelo, provista de un centro, y la imagen de la estabilidad de un orden social considerado como intangible. La Tierra simboliza la constancia y la fiabilidad, tanto como la regularidad de los ciclos temporales constituía con anterioridad el modelo cósmico. Pero la emergencia de una jerarquización de las funciones, y más todavía la de la sociedad heroica, reduce la importancia de la Tierra, que, empero, ya no conserva apenas su relación simbólica con la verdad.

Jean Haudry

Notas:

(1) Jean Haudry, «Les Indo-Européens et leur tradition» en Terre & Peuple, magazine núm. 30 (solsticio de invierno de 2006), pp. 9 a 14.

(2) En último lugar, Georges Dumézil, La religion romaine archaïque. 2. París: Éditions Payot, 1974: pp. 375 y ss.

(3) Homero, Hymne homérique (CUF): 5-16.

(4) Tácito, La Germanie, (CUF): 40-2.

(5) Traducción, al francés, y comentario de Louis Renou, Études védiques et paninéennes 15. París: De Boccard, 1966, pp. 114 y ss.; Hymnes spéculatifs du Véda. París: Éditions Gallimard, 1956, pp. 189 y ss.; pp. 268 y ss.

(6) Miriam Robbins Dexter, «Earth Goddess» Encyclopedia of Indo-European Cultura. Ed. de J.-P. Mallory y D.-Q. Aadams. Londrés y Chicago: Fitzroy Dearborn, 1997, p. 174.

(7) Cloto, Láquesis y Átropo. N. d. T.

(8) Talo, Carpo y Auxo. N. d. T.

(9) Esquilo, Les Euménides, (CUF).

(10) Sagas islandaises. París. Ed Gallimard, 1987, pp. 580 y ss.

(11) Snorri Sturluson, L’Edda, récits de mythologie nordique. París: Ed. Gallimard, 1991, p. 68.

Artículo aparecido originalmente en el número 36, de la revista Terre et Peuple-Magazine (solsticio de verano de 2008)