viernes, 28 de febrero de 2014

Dominique Venner, BALTIKUM. Los Freikorps y el origen del Nacional-Socialismo (1918-1923)

Tras la derrota, después de la Primera Guerra Mundial, el ejército alemán desapareció. Unidades de combatientes organizados en torno a mandos prestigiosos se agruparon para combatir a los bolcheviques, para acudir en ayuda de las comunidades alemanas del Báltico y de Alta Silesia, para combatir contra la ocupación francesa del Rhur y para castigar a los traidores. A estas unidades de les llamó Freikorps, Cuerpos Francos.
Formados a partir de las tropas de asalto creadas para soportar los momentos decisivos de la guerra de trincheras, los primeros pasos del nacionalsocialismo son completamente incomprensibles si no se conoce antes la epopeya de estas unidades de combatientes.
Entre el final de la guerra en noviembre de 1918 y el golpe de Munich en noviembre de 1923, los Freikorps se configuraron como un ejército político. La aventura de los Freikorps no forma parte de la historia militar sino de la historia de las revoluciones políticas del Siglo XX.
Es la historia de aquellos que, crecidos en la guerra, no pudieron soportar ni la paz ni la derrota.
Dominique Venner (1935-2013), periodista e historiador francés (que no dudó en afirmar su compromiso político en defensa de la libertad y de la identidad de Europa desde muy joven) tiene una abultada producción destinada a realizar la crónica de “las guerras civiles europeas” ensombrecieron el Viejo Continente a lo largo del Siglo XX. Baltikum es una de ellas.
Suboficial durante la guerra de Argelia, militante de Jeune Nation, activista de la OAS y luego fundador de la revista Europe-Action y de la Féderation des Étudiants Nationalistes, miembro luego del “Groupe de recherches et d`études pour la civilisation européenne” su vida como militante es tan desmesurada como su obra como historiador. En el momento de fallecer llevaba publicando durante once años, mensualmente La Nouvelle Revue d`Historie.
El 21 de mayo de 2013 optó por dar el último ejemplo de valor y entrega a sus ideas, suicidándose ante el altar mayor de Notre Dame de París.


Suplemento de la Revista de Historia del Fascismo, eminves@gmail.com

domingo, 2 de febrero de 2014

PLATÓN Y LA REVOLUCIÓN EUROPEA


Como ya se ha indicado el totalitarismo platónico evoca, aunque sólo sea por analogías formales, el totalitarismo europeo contemporáneo. Tanto en uno como en otro estamos ante la pretensión del Estado de guiar la vida del individuo, tanto en uno como en otro una idea se sitúa en el centro de la vida con la pretensión de sellar todas sus manifestaciones. Es cierto que Platón habría podido suscribir el eslogan mussoliniano «Todo dentro el Estado nada fuera del Estado, nada contra el Estado». Y es también cierto que habría podido escribir de su puño y letra una declaración como la aparecida en Pravda el 21 de agosto de 1946: «El deber de la literatura es ayudar adecuadamente al Estado a educar a su juventud, responder a sus necesidades, educar a la nueva generación a ser valerosa, a creer en su causa, a mostrarse intrépida ante los obstáculos y preparada para superar todas las barreras…».

El totalitarismo platónico no nace solamente de la concepción del Estado como un macro-hombre, como unidad orgánica, sino también de la conciencia de la descomposición social, de la crisis de la ciudad griega que exigía soluciones drásticas, medidas urgentes y coercitivas. Nace de la conciencia de que la antigua clase dirigente estaba muerta y la nueva no estaba todavía preparada. Visto desde esta perspectiva, el totalitarismo platónico presenta relevantes coincidencias históricas con el totalitarismo moderno, surgido para sustituir las elites políticas derribadas por las revoluciones liberales. Ambos totalitarismos, nacidos de una meditación pesimista sobre el momento presente, acusan un optimismo fundamental. Creer que un Estado, una civilización, puedan ser salvados mediante el dominio de una sola idea es, ante todo, una manifestación de esperanza. Sólo se está dispuesto a reconocer una autoridad política ilimitada a aquel principio del cual se acepta, fielmente, su ilimitada bondad. En este sentido, el totalitarismo de Platón, la idea del Estado-organismo, se nos presenta cono un mito, como mitos son las concepciones de los Estados fascista, nacionalsocialista y bolchevique. Considerado en su líneas generales, el mito del Estado platónico puede relacionarse con las más diversas tendencias del totalitarismo moderno, sean éstas de derecha o de izquierda: «En la República se puede encontrar la autorización a predicar la revolución social, la caída del capitalismo y el poder del dinero; pero igualmente puede encontrarse una justificación de la coexistencia de dos sistemas diferentes de educación, uno para los pocos y otro para los muchos, y una justificación de la clase dirigente hereditaria»[1].

Sin embargo, observando con más atención, el sentido del totalitarismo platónico nos obliga a hacer distinciones: no se trata de la tiranía de una clase o de una facción sino del gobierno de los mejores, los cuales, encarnando los valores heroicos y sacrales, pueden razonablemente pretender representar la totalidad de los valores del espíritu. Esta cualificación más precisa nos permite, sin embargo, rechazar toda posible vinculación entre bolchevismo y platonismo. En efecto, este último no es un Estado-totalidad sino una parte del todo, la más ínfima y plebeya, que pretende situarse como absoluto social y espiritual. La dictadura del proletariado constituye la inversión perfecta del ideal platónico. Más complejo resulta el discurso para el fascismo y el nacionalsocialismo que, si bien han ignorado la suprema exigencia de situar nuevamente en la cima del Estado valores trascendentes, también es cierto que han luchado por la creación de una elite heroica capaz de situar la política por encima de la economía e imponer una nueva jerarquía de los rangos. En cierto sentido representan un intento de remontar el ciclo de la decadencia de las formas políticas tal y como se halla delineado en la República.

Las relaciones entre platonismo y nacionalsocialismo merecen una consideración a parte. Es conocida la influencia ejercida por el platonismo sobre la cultura alemana de la primera mitad del siglo XX. El círculo que dirige el poeta-profeta Stefan George difunde una imagen heroica de Platón que no deja de influir en las corrientes políticas de extrema derecha. Así, izada la roja bandera de la esvástica sobre el mástil de la Cancillería, se eleva un coro de voces proclamando a Platón «precursor», «defensor del derecho de los mejores», «nórdico», «Gründer», «Hüter des Lebens» o incluso «Führer»[2]. Para la reconstrucción de la imagen de Platón en el III Reich resulta de interés el libro de Hans Günther, el máximo teórico nacionalsocialista de la idea «nórdica», dedicado a Platon als Hüter des Lebens. Platons Zucht und Erziehunggedanken und deren Bedeutung fur die Gegenwart («Platón como custodio de la vida. La concepción educativa y selectiva platónica y sus significado para nuestro tiempo»). En él se puede leer: «No debemos dejarnos seducir por aquellos que definen la eugenesia como una ciencia “animal”. Fue Platón quien proporcionó al término griego “idea” su actual significado filosófico y quien con su doctrina se ha impuesto como fundador del idealismo… y ha sido precisamente el propio Platón quien, en tanto que idealista, el primero en definir el ideal de la selección»[3].

Para Günther, Platón es el salvador de la sangre elegida, el asertor de la vida como totalidad de alma y cuerpo. Para Platón, como para todos los arios primitivos, «no existía nada espiritual que no concerniese también al cuerpo ni nada físico que no concerniese igualmente al alma. Esta constituye precisamente la manera característica de pensar del nórdico»[4]. En la concepción aria de la vida, interpretada por Platón, la nobleza de ánimo y la belleza comienzan a existir «cuando las tenemos ante los ojos, personificadas. Esta sana concepción genera el concepto helénico de la kalokagathía, de la bondad-belleza, y la kalokagathía no se considera como un modelo de perfección individual sino como algo mucho más vasto: una teoría de la cría de una humanidad superior. Sólo por medio de una selección, de la educación de una estirpe elegida, puede lograrse que la belleza y la bondad aparezcan un día personificadas ante nosotros»[5].
Resulta evidente que la interpretación nacionalsocialista de Platón es propagandística y unilateral. Pero, igualmente, algunas afirmaciones fundamentales son irrebatibles. Muy difícilmente se hubiese escandalizado Platón ante la quema de los libros «corruptores» o ante las leyes para la protección de la sangre. Evidentes influjos platónicos se encuentran además en la doctrina interna de las S.S., dedicadas a someter a una paciente selección física y espiritual a los futuros jefes, educados en los Ordensburgen, los «Castillos de la Orden» surgidos por doquier en Alemania. La Ordnungstaatgedanke, la concepción del Estado como Orden viril que se identifica con la voluntad política, se nos muestra como una revivificación de las ideas de la República.

Concluyendo, se puede afirmar que se encuentra una herencia platónica incontestable en los movimientos fascistas europeos. La identificación del Estado con una minoría heroica que lo rige, el ardiente sentimiento comunitario, la educación espartana de la juventud, la difusión de ideas-fuerza por medio del mito, la movilización permanente de todas las virtudes cívicas y guerreras, la concepción de la vida pública como un espectáculo noble y bello en el que todos participan: todo esto es fascista, nacionalsocialista y platónico a la vez. La evidencia habla por sí sola.
Hoy, consumida en una sola e inmensa pira la esperanza de volver a dar una elite a la Europa invertebrada, la enseñanza política de Platón parece lejana y casi perdida para siempre. Los valores económicos, que él colocó no en la cúspide sino en la base de la sociedad, se exaltan como soberanos. Burguesía y proletariado, Occidente y Oriente, capitalismo y comunismo proclaman al unísono la llegada de un Estado cuya única meta es el bienestar de los más. Aquello que Platón habría denominado como la parte apetitiva del Estado ha aplastado a la parte heroica y cognoscitiva. La civilización de las masas pesa como la opaca mole de las inmensas ciudades de cemento. Pero este mundo de las masas lleva en su seno los gérmenes de su propia descomposición. Por un lado, se asiste a una creciente especialización de las funciones, por otro, al nacimiento de una estructura cada vez más parecida a un mecanismo perfecto[6]. Entretanto, las masas, insertas en este gran mecanismo, vegetan en la comodidad en un estado de creciente abulia política. Surge así la posibilidad del dominio de una elite especializada sobre una masa satisfecha e indiferente. Escribe Nietzsche en la Voluntad de Poder: «Un día los obreros vivirán como hoy los burgueses pero sobre ello vivirá la casta superior; ésta será más pobre y más simple pero poseerá el poder». Es una afirmación profética que proyecta en el futuro la visión de una elite platónica interiormente forjada por un moderno doricismo, habitando con sobria pobreza en el centro inmóvil donde accionan las ruedas del brillante mecanismo de la civilización occidental[7].

Llegados a este punto, cuando estamos a punto de concluir estas notas introductorias, concédasenos el finalizar a la manera platónica introduciendo un mito. Un mito que no hemos inventado nosotros sino que se encuentra en las páginas de una novela de Daniel Halévy, Histoire de quatre ans. 1997-2001. Estamos en 1997: Europa se pudre en el bienestar y el libertinaje. La corrupción crece por lo que «heridos los centros de energía aria», la marea de los pueblos de color amenaza a los europeos decadentes. Pero he aquí que, un poco por todos lados, grupos de individuos se aíslan, dándose una estructura ascético-militar, una disciplina severa. En sus cenobios se recompone la antigua ley de la vida, vuelve a florecer el espíritu de obediencia y sacrificio. Alcanzando el poder, el grupo de monjes-laicos pone fin al desorden y a la corrupción democrática dividiendo la sociedad en las tres castas de asociados, novicios y sometidos. El esfuerzo del nuevo orden salva Europa, y la Federación Europea, fundada el 16 de abril de 2001, se prepara para marchar contra los bárbaros de Oriente. Hasta aquí el mito, un mito didascálico que no habría desagradado a Platón. Pero, en el mito y más allá del mito, el ideal político de Platón se mantiene como un elemento permanente de toda verdadera batalla por el orden. El perno de su sistema político está constituido por la exigencia de hacer coincidir la jerarquía espiritual con la jerarquía política, de asegurar al espíritu la dirección del Estado.

No sin motivo Kurt Hildebrandt ha podido titular su libro Platón, la lucha del espíritu por la potencia. Esta exigencia, formulada con tanta claridad por el más grande pensador de la Hélade y de Occidente, permanece en todo tiempo, al igual que las historias de Tucídides ktéma es aéi, una conquista para la eternidad. Nadie como Platón ha sufrido por la ineptitud de la inteligencia, incapaz de dar un orden a la vida. Ha contemplado hasta en los abismos más insondables la tragedia de la escisión entre espíritu y vida, entre espíritu y poder político. Y nos ha mostrado la vía real que conduce más allá de esta trágica escisión: no la vana tentativa idealista de adecuar la política a esquemas abstractos, sino un esfuerzo heroico y disciplinado para infundir sangre y energía a la pura inteligencia, para confiar los valores del espíritu a una especie de hombre fuerte, templada, victoriosa. En la oscuridad contemporánea la doctrina de Platón arde como un fuego lejano que orienta nuestro camino. Hacia ella deberá saber mirar una nueva clase política resuelta a fundar el verdadero Estado, a dar a cada uno lo suyo, a imponer contra la tiranía de la masa y del dinero la nueva jerarquía.

ADRIANO ROMUALDI

Notas
[1] Thomas A. Sinclair, Il pensiero politico classico, Bari, 1961, p. 223.
[2] Sobre la imagen de Platón en la Alemania de este periodo véanse: J. Bannes, Hitlers Kampf und Platons Staat, Berlín y Leipzig 1933 y Die Philosophie des heroischen Vorbildes; C. Bering, Der Staat der Königlichen Weisen, 1932; K. Gabler, Platon der Führer, 1932; H. Kutter, Platon und die europäische Entscheidung; F. J. Brecht, Platon und der George-Kreis, Leipzig 1929.
[3] Platon als Hüter des Lebens, Munich 1928, p. 66.
[4] Op. cit., p. 39.
[5] Op. cit., p. 46.
[6] Véase J. Evola, Cavalcare la tigre, Milán 1961: «En el lugar de las unidades tradicionales – de los cuerpos particulares, de los órdenes de las castas y de las clases funcionales, de las corporaciones – conjunto de miembros a los que el individuo se sentía ligado en función de un principio supraindividual que informaba su entera vida, proporcionándole un significado y una orientación específicos, hoy se poseen asociaciones determinadas únicamente por el interés material de los individuos, que sólo se unen sobre una base: sindicatos, organizaciones de categoría, partidos. El estado informe de los pueblos, en la actualidad convertidos en meras masas, hace que todo posible orden posea un carácter necesariamente centralista y coercitivo».

[7] Una perspectiva similar se delinea en Der Arbeiter de Ernst Jünger: «Al igual que produce placer ver a las tribus libres del desierto que, vestidas de harapos, poseen como única riqueza sus caballos y sus valiosas armas, también resultaría placentero ver el grandioso y valioso instrumental de la “civilización” servido y dirigido por un personal que vive en una pobreza monacal y militar. Es éste un espectáculo que produce alegría viril y que hace su aparición allí donde al hombre se le imponen exigencias superiores para alcanzar grandes fines. Fenómenos cono la Orden de los Caballeros Teutónicos, el ejército prusiano, y la Compañía de Jesús constituyen ejemplos a tal efecto…». Citado en J. Evola, L’operaio nel pensiero di Ernst Jünger, Roma 1960, pp. 75.

lunes, 10 de junio de 2013

JULIUS EVOLA Y EL ZEN


En varias obras, Evola ha estudiado el Zen, sirviéndose de poemas, textos y frases de maestros Zen para expresar sus ideas. Sin embargo, en la mayor parte del tiempo no se extiende mucho sobre este tema. El autor de "Revuelta Contra El Mundo Moderno" ha escrito más sobre tantrismo o alquimia que sobre el Zen. Solamente algunos artículos han sido dedicados a esta cuestión.
Para Evola el Zen representa hoy el budismo original. "El Zen no constituye una anomalía extremo oriental del budismo, tal como algunos han pretendido equivocadamente, sino que es una reiteración de los temas y de las exigencias que dan vida al budismo de los orígenes (...)". Igualmente precisa: Es suficientemente notorio que el Zen en su espíritu, puede ser considerado como un retorno al budismo de los orígenes. El budismo nació como reacción vigorosa contra las especulaciones y los ritualismos vacíos en los cuales la antigua casta sacerdotal india había caído. El budismo hizo tabula rasa con todo esto (...). En los desarrollos subsiguientes del budismo, la situación contra la cual éste había reaccionado, se reprodujo. El budismo se convirtió en una religión con sus dogmas, sus rituales, su escolástica, sus minuciosas reglas morales. El Zen intervino de nuevo para hacer tabula rasa con todo esto, para colocar en primer lugar lo que había constituido el núcleo vital del budismo en su forma original, a saber, la conquista de la iluminación, del despertar interior.
Evola, en ocasiones, emplea la palabra "budismo esotérico" para referirse al Zen. Según la Tradición, el Buda lo habría transmitido a un solo discípulo, Mahakashiapa, quien abrió un lugar de patriarcas detentadores de este conocimiento que habían recibido la Transmisión legítima. En el siglo V d. J.C., Bodhidharma llevó esta enseñanza a China en donde se desarrolló con el nombre de Tch’an, que sufrió una rápida influencia del taoísmo, trascripción de la palabra sanscrita DHYANA (=contemplación), luego pasó a Japón a fines del siglo XII y principios del XIII, gracias a Yosai (Eisai en japonés) y sobre todo Dogen.
Por su carácter abrupto, desprovisto de cualquier sentimentalismo y devoción, por su rechazo al formalismo y el conformismo, el Zen apareció como una vía difícil, reservada a una élite. El Zen debe ser considerado, bajo su aspecto absoluto, como la doctrina de los iniciados, indica Evola, es decir, válida para personas ya bien orientadas en la vía que conduce al despertar. La doctrina del despertar posee un carácter esencialmente iniciático. Por ello no podía aplicarse más que a una minoría, al contrario del budismo más tardío, el cual toma la forma de una religión abierta a todos o de un código de moralidad pura y simple.
De hecho, la esencia y el fin del Zen, el SATORI, la iluminación, el despertar, no pueden ser expresados. Los KOAN -especie de enigmas que no pueden ser resueltos por la razón- son, a este respecto, característicos. El discípulo debe superar todo lo que es forma, prejuicios, hábitos, clasificaciones, creencias, etc., para encontrar una respuesta. El Zen no tiene concesiones, no promete nada; los maestros dicen: "Practicad" y no hablan nada del despertar sino es bajo una forma velada. En cuanto al contenido de su experiencia, el Buda guarda silencio, para impedir que, de nuevo, en lugar de actuar, no se entregue al placer de especular y filosofar, explica Evola.
Toda palabra, todo escrito, cualquier descripción, son limitadas, pues "según lo que dicen los maestros del Zen, el rasgo esencial de la nueva experiencia es la superación del dualismo, dualismo entre el fuera y el dentro, entre el yo y el no-yo, entre lo finito y lo infinito, entre el ser y el no-ser, entre la apariencia y la realidad, entre lo vacío y lo lleno, entre la sustancia y los accidentes, y, paralelamente, la imposibilidad de discernir cualquier valor planteado dualísticamente por la conciencia finita y ofuscada por la particular, hasta límites paradójicos: el liberado y el no-liberado, el iluminado y el no iluminado, este mundo y el otro mundo, la falta y la virtud, no son más que una sola y misma cosa". Y también: "el estado de la budeidad, no puede ser comprendido más que por quien el mismo es Buda (...)".
Esta apariencia irracional, rebelde a cualquier forma, sedujo mucho a algunos contestatarios, como los beat en los años cincuenta: Puede comprenderse que todo esto haya atraído mucho al joven occidental desarraigado que no soporta ninguna disciplina, que vive a la aventura y le gusta la revuelta. Evola separa cualquier equívoco: Aquel que precisa que puede encontrar en el Zen la confirmación de una ética que podría equivaler a la libertad, pero que sea intolerante a toda disciplina interior, a toda dirección emanando de las partes superiores de su propio ser, se verá decepcionado. Igualmente, para quien en un intento de recuperación del Zen por el psicoanálisis, operado por Jung, Evola observa: (...) Según Jung, el significado verdadero y positivo, no solo de las religiones sino también del misticismo y de las doctrinas iniciáticas, sería el alma, desgarrada y torturada por los complejos; en otros términos, sería cambiar a un neurótico y anormal... lo que encontramos en todas las doctrinas espirituales y tradicionales, es algo completamente diferente. El hombre sano y normal no es aquí el punto de llegada, sino el punto de partida, y son facilitados los medios por los cuales quien lo desea, si tiene verdadera vocación, puede intentar la aventura de superar efectivamente la condición humana (...). Precisiones netas, sin equívocos para el psicoanálisis y los charlatanes pseudoespiritualistas que manipulan una clientela de tarados.
No hay que creer que el adepto al Zen huye del mundo o busca evadirse. Por el contrario, se trata de reencontrar su rostro original, "la condición normal". En la alegoría de la captura del búfalo, el interesado está en las primeras imágenes, enteramente preocupado por encontrar, luego amansar, y por fin, subir a lomos del animal. Una vez realizado, el búfalo desaparece, igualmente el hombre; en su lugar, ocupa toda la imagen un círculo. Ultima imagen, el "despertado" discute con gentes en un mercado, ha vuelto al mundo. Evola, en la "Doctrina del despertar", recupera esta explicación: Antes que un hombre se ponga a estudiar el Zen, para él las montañas son montañas y las aguas, aguas. Cuando gracias a las enseñanzas de un maestro cualificado, ha tenido la visión interior de la verdad del Zen, para él las montañas ya no son montañas, ni las aguas son aguas. Pero luego, cuando ha llegado verdaderamente al asilo de calma, de nuevo, las montañas son montañas y las aguas, aguas. La vida en Japón fue penetrada por el espíritu del Zen, sea la vía de la espada, el Ken-do, la vía del guerrero, Bushido, la vía del té, de las flores, del tiro con arco, de la poesía (...). Todas las actividades de la vida pueden ser impregnadas por el Zen y, por ello, elevadas a un significado superior, a una totalidad y a una impersonalidad activa: un sentido de insignificancia del individuo que no paraliza, sino que asegura una calma y un distanciamiento, permitiendo una asunción absoluta y pura de la vida (...). El Zen tiende a aportar una estabilidad interior (...) permitiendo, como dice Lao Tsé ser un todo en un fragmento.
Existe en el Zen una búsqueda de la simplicidad, de lo natural, evacuación del razonamiento abstracto, intelectual. (...) El universo es la verdadera escritura del Zen (...). Árboles, hierba, montañas, corrientes, astros, mar, luna, es con estos elementos que se escriben los textos Zen (...). El Sol se alza, la luna decrece. Altura de las montañas. Profundidad de la mar. Flores primaverales. Fresca brisa estival. Otoño de amplia luna. Copos de nieve invernal. Estas cosas pueden ser demasiado simples para que un observador común les preste atención, pero poseer para el Zen un significado profundo. El practicante del Zen reencuentra la unidad, la intimidad, con la naturaleza, tal como lo expresa este Koan del maestro Taisen Deshimaru:
El hombre mira a la flor, la flor mira al hombre.
Estos diferentes aspectos -antiintelectualismo-, ausencia de sentimentalismo, de devoción, rechazo de las formas, abandono del individuo, llamada a la intuición, exigencia de una disciplina interior, no podían sino seducir Evola. Sin embargo, este desconfió siempre del Zen occidentalizado, tal como lo comprenden los modernos, habiendo perdido su fuerza, su altura, su virtud. En cuyo caso se convierte en una forma, una contra imagen suplementaria establecida por el mundo moderno.

Christophe Levalois


martes, 28 de mayo de 2013

LOS DELIRIOS DE LOS CULOS BENDITOS (1)



La muerte heroica de Dominique Venner ha provocado una ola de odio entre las ranas de pilas de agua bendita (2).
Algunos de estos tarados se han expresado en Rivarol (de este 24 de Mayo). Vierten en las columnas de tal periódico, que acogen sin duda a lo mejor y lo peor, su veneno de fanáticos sectarios, cuyos delirios son comparables a los de los zelotes de las otras dos religiones monoteístas. Son unos grandes enfermos. Firman François Berger [«su acción no puede ser defendida ni justificada»], Pierre Labat [«un acto cobarde, odioso (…) que inspira el más profundo asco» (…) «Venner ha muerto como vivió: De manera cobarde y penosa»], Nicolas Bertrand [«los cristianos se indignan por el sacrilegio de su acto», es «una forma de abandono», una «tradición no europea»]. Este miserable no tiene, ante la evidencia, ningún conocimiento de la tradición europea [desde los romanos a las berlinesas matándose para escapar de los rojos], lo que es normal puesto que la suya viene de las orillas del Jordán.
En todo caso, anotemos debidamente los nombres de estas cochinillas.

Pierre VIAL


Notas de los traductores

(0) Texto publicado originalmente en la página electrónica de la organización etno-socialista hermana Terre et Peuple, el lunes, 27 de Mayo de 2013 e. c.
(1) ‘Culos benditos’, del francés ‘culs bénits’, expresión común francesa con la que se denomina coloquialmente a aquellos individuos que se caracterizan por ser devotos en extremo.
(2) ‘Ranas de pilas de agua bendita’, del francés ‘grenouilles de bénitiers’, expresión común francesa con la que se nombra coloquialmente a aquellos sujetos, generalmente de sexo femenino, que pasan la mayor parte de su tiempo en la iglesia como si de ranas con una necesidad casi vital de tal agua se tratara; en pocas palabras, de misa y comunión diarias.

Traducción a cargo de Tierra y Pueblo.

miércoles, 22 de mayo de 2013

PARA SALUDAR A DOMINIQUE VENNER



La grandeza tiene un nombre. Se llama Dominique Venner.

Por su vida y por su muerte, este hombre excepcional nos deja un mensaje que suena en nuestras almas como un rebato. Nos llama a mantenernos en pie, pase lo que pase. A mirar el destino de frente, como aquellos héroes homéricos que eran para él una fuente de inspiración permanente.

Hombre de una gran modestia, como lo son las almas fuertes, en él habitaba un poderoso ideal que era necesario saber descifrar tras sus textos inspirados, sus palabras siempre medidas hasta lo más justo, incluso sus silencios. Pero la leve sonrisa que alumbraba su rostro era, para los iniciados, el signo de un inmenso júbilo.

El camino sin él, pudiera parecer muy apagado pues era portador de una llama que irradiaba. Pero la mejor manera de serle fiel es continuando el camino que, incansablemente, ha trazado, él que hizo de la fidelidad su regla de vida. Intentemos ser dignos de él.
PIERRE VIAL.

¡Descansa en paz, Camarada! ¡Te has reunido con los Gansos Salvajes (1) y velarás por nosotros desde allá arriba! ¡Continuaremos la lucha más que nunca! ¡Que tu gesto de honor nos sirva de ejemplo, tú, el europeo, que has vivido toda tu vida de acuerdo con tus convicciones. Hasta el final, hasta el último sacrificio! ¡Gracias por todo, Camarada!

Terre et Peuple ~ Tierra y Pueblo

 Notas de los traductores

(0) Palabras publicadas originalmente en la página electrónica de la organización etno-socialista hermana Terre et Peuple el Miércoles, 22 de Mayo de 2013 e. c. (Enlace nº 1) (Enlace nº 2).

(1) Las Oies Sauvages, los Gansos Salvajes, versionada en castellano por Tierra y Pueblo:

Gansos salvajes al Norte van.
La Noche oye su grito.
Atento al Viaje. La Muerte está
acá y allá al acecho.

Atento al Viaje. La Muerte está
acá y allá al acecho.
Cae la Noche. Oscuridad.
Viaja, grisácea escuadra.

El Cielo brama y se oyen ya
rugidos de Batalla.
El Cielo brama y se oyen ya
rugidos de Batalla.

Vuela, adelante, armada gris;
pon rumbo a mil y un mares.
Tú, volverás. Yo, no sé...
¿Cuál será mi Destino?

Tú, volverás. Yo, no sé...
¿Cuál será mi Destino?
Mas como Tú, con Lealtad,
marcho hacia la Guerra.

Murmúrame, si he de caer,
la Última Plegaria...
Murmúrame, si he de caer,
la Última Plegaria...

http://www.dailymotion.com/video/x69hpk_les-oies-sauvages-8-rpima_news


Declaración de Dominique Venner



Las razones de una muerte voluntaria

Estoy sano de cuerpo y de espíritu, y estoy lleno de amor hacia mi mujer y mis hijos. Quiero la vida y no espero nada más allá de ella, salvo la perpetuación de mi raza y de mi espíritu. Sin embargo, en el ocaso de esta vida, ante peligros ingentes que se alzan para mi patria francesa y europea, siento el deber de actuar hasta que aún tenga fuerzas para ello. Juzgo necesario sacrificarme para romper el letargo que nos agobia. Ofrezco lo que me queda de vida con intención de protesta y de fundación. Escojo un lugar altamente simbólico, la catedral Notre-Dame de París que respeto y admiro, esa catedral edificada por el genio de mis antepasados en sitios de culto más antiguos que recuerdan nuestros orígenes inmemoriales.

Cuando tantos hombres se hacen esclavos de su vida, mi gesto encarna una ética de la voluntad. Me doy la muerte con el fin de despertar las conciencias adormecidas. Me sublevo contra la fatalidad. Me sublevo contra los venenos del alma y contra los deseos individuales que, invadiéndolo todo, destruyen nuestros anclajes identitarios y especialmente la familia, base íntima de nuestra civilización multimilenaria. Al tiempo que defiendo la identidad de todos los pueblos en su propia patria, me sublevo también contra el crimen encaminado a remplazar nuestras poblaciones.

Como el discurso dominante no puede abandonar sus ambigüedades tóxicas, les corresponde a los europeos sacar las consecuencias que de ello se imponen. No poseyendo una religión identitaria a la cual amarrarnos, compartimos desde Homero una memoria propia, depósito de todos los valores en los cuales podremos volver a fundar nuestro futuro renacimiento rompiendo con la metafísica de lo ilimitado, origen nefasto de todas las derivas modernas.

Pido de antemano perdón a todos aquellos a quienes mi muerte causará dolor, y en primer lugar a mi mujer, a mis hijos y nietos, así como a mis amigos y fieles. Pero, una vez desvanecido el choque del dolor, estoy convencido de que unos y otros comprenderán el sentido de mi gesto y trascenderán, transformándolo en orgullo, su pesar. Deseo que éstos se concierten para durar. Encontrarán en mis escritos recientes la prefiguración y la explicación de mi gesto.

domingo, 19 de mayo de 2013

TATENOKAI - LA SOCIEDAD DEL ESCUDO.



La Sociedad del Escudo que he formado está compuesta por menos de cien miembros, no dispone de armas y es el ejército más pequeño del mundo. A pesar de acoger a nuevos miembros todos los años, he decidido no superar los cien afiliados, pues no deseo mandar a más de cien hombres.
No se les paga nada. Sólo se les proporciona un uniforme estival y otro invernal, birretes, botas y un uniforme de combate. Este último es extraordinariamente vistoso y fue diseñado por Tsukumo Iragashi, el único estilista japonés que creó uniformes para De Gaulle. La bandera de nuestra Sociedad es simple: un blasón rojo sobre seda blanca. Yo diseñé personalmente nuestro emblema, que consiste en un círculo que encierra dos antiguos yelmos japoneses. El mismo dibujo aparece en los birretes y en los botones. Para ser miembro de la sociedad de los Escudos es conveniente ser estudiante universitario. Ello obedece a una razón bastante obvia: se es joven y se dispone de tiempo. Quien trabaja no puede concederse arbitrariamente largos periodos de vacaciones. Para ser admitido en la Sociedad se requiere además cumplir un mes de ejercicios militares en un regimiento de infantería del Ejército de Defensa y luego aprobar un examen.
Una vez convertido en miembro de la sociedad, se participa en una asamblea mensual donde se consagra a alguna actividad encomendada a grupos de diez; al año siguiente se pasa un nuevo periodo de adiestramiento en el Ejército de Defensa. Actualmente, los miembros de la Sociedad se están ejercitando para la marcha que se llevará a cabo sobre la terraza del Teatro Nacional el 3 de noviembre. La Sociedad del Escudo es un ejército preparado para intervenir en cualquier momento. Es imposible prever cuándo entrará en acción. Tal vez nunca. O tal vez mañana mismo. Hasta ese momento, la Sociedad del Escudo no cumplirá ningún otro cometido. Ni siquiera participará en las demostraciones públicas. No distribuirá octavillas. No lanzará cócteles molotov. No arrojará piedras. No hará manifestaciones contra nada ni nadie. No organizará comicios. Sólo participará en el encuentro decisivo. Este es el ejército espiritual más pequeño del mundo, compuesto por jóvenes que no poseen armas sino músculos bien templados. La gente nos insulta llamándonos “soldaditos de plomo”. Como comandante de los cien hombres, cuando me toca pasar un mes junto a los miembros del Ejército de Defensa me levanto como todos al toque de diana de las seis de la mañana, o a veces a las tres, cuando hay una convocatoria de emergencia, y corro con ellos cinco kilómetros… (Yo, habitualmente, no me despierto antes de la una de la tarde).
En efecto, en la vida civil me dedico a la redacción de largas, larguísimas novelas, que me parecen interminables. Durante la noche selecciono las palabras una a una, sopesándolas igual que haría un farmacéutico con sus drogas sobre una balanza sumamente sensible, para después unirlas. Logro conciliar el sueño cuando ya ha llegado la mañana.
Sé que debo mantener un equilibrio constante entre mi actividad en la Sociedad de los Escudos y la calidad de mi trabajo literario. Si este equilibrio se quebrara, la Sociedad del Escudo degeneraría hasta convertirse en la distracción de un artista, o bien yo terminaría por transformarme en un político. Cuanto más comprendo las sutiles funciones de las palabras, con mayor claridad veo que frente a la realidad, el artista es absolutamente irresponsable, como un gato. En mi calidad de artista, no me sentiría responsable ni siquiera aunque el mundo se derritiese como un helado. Pues he sido yo, en efecto, el que le dio el gusto que deseaba a ese helado… En cambio, asumo toda la responsabilidad en lo que respecta a la Sociedad del Escudo. Es una obligación que me he impuesto libremente. Y es imposible que yo pueda sobrevivir a todos sus miembros.
Después de haber fundado esta pequeña agrupación, comprendí que la ética de un movimiento, cualquiera que ésta sea, se halla condicionada por el dinero. Jamás he aceptado de nadie ni un solo céntimo para nuestro grupo. Los fondos de que disponemos provienen en su totalidad de mis derechos de autor. Esta es la razón económica por la que no puedo permitir que los miembros sean más de cien.
En mayo de este año fui invitado a una reunión de estudiantes de la izquierda más radical, con los que me enzarcé en un emocionante debate. Cuando transcribí tal encuentro en un libro, la edición se convirtió en un best-seller. Decidí, de acuerdo con los estudiantes, repartir a partes iguales los derechos de autor. Probablemente con ese dinero habrán comprado cascos y fabricado cócteles molotov; yo, por mi parte, compré los uniformes estivales para la Sociedad del Escudo. Todos me dicen que no hice un mal negocio.
La hipocresía del Japón de posguerra me provoca náuseas. No creo que el pacifismo sea una hipocresía en sí mismo, pero estoy convencido de que, a causa del abuso que han hecho los exponentes de la izquierda y la derecha, de nuestra pacífica Constitución, usada como un pretexto político, no existe en el mundo un país donde el pacifismo se haya convertido tan perfectamente en sinónimo de hipocresía como en Japón. En este país, la condición de vida más respetada y segura es la de los pacifistas, que reniegan de la violencia y asumen posiciones parecidas a las de los partidos de izquierda. Es cierto que en ello no habría nada de censurable. Pero cuanto más crece el conformismo de los intelectuales, más me pregunto si un intelectual no tiene el deber de someter a crítica este conformismo y de elegir una existencia más aventurada. Y, por si esto fuera poco, hoy se difunde estúpidamente, entre otras cosas, el denominado “socialismo de salón” de la élite intelectual, cuya influencia social es notoria. Las madres gritan que no es lícito poner armas de juguete en las manos de sus niños, y que la obligación de colocarse en fila y de ser reconocidos por un número en la escuela son reminiscencias del militarismo, y por ello ahora los escolares se reúnen en ocioso desorden, como parlamentarios.
Alguien objetará: “¿Pero por qué tú, que eres un intelectual, no te limitas a realizar una actividad verbal?” Como hombre de letras, sé demasiado bien que en Japón todas las palabras han perdido su peso y se han convertido en elementos falsos y sin trascendencia, como ese plástico que imita al mármol. Además, se las utiliza de modo que un concepto oculta otro, pues así, quien las escribe, se procura una coartada para abrirse cualquier posibilidad de fuga. En cada palabra se ha infiltrado la falsedad, como el vinagre en las verduras. En mi condición de hombre de letras, creo que nada más que en las palabras perfectamente falsas de las obras literarias; como ya indiqué, estoy convencido de que la literatura es un mundo absolutamente alejado de la lucha y de la responsabilidad. Y éste es el motivo que me induce a amar, de la literatura japonesa, sobre todo la tradición del refinamiento. Si todas las palabras que se refieren a la acción se han corrompido, es necesario, para resucitar la otra tradición de Japón, es decir, el mundo de los guerreros y los samuráis, actuar en silencio, sin la ayuda de las palabras y corriendo el riesgo de que se produzca alguna confusión. En mi ánimo anidaba desde hacía tiempo la convicción de que, como consideraban los samuráis, justificarse a sí mismo es un acto de bajeza.
Impulsado por una fuerza interior, comencé a dedicarme al kendo. Lo practico desde hace trece años. Este arte, modelado sobre el de los antiguos guerreros, consiste en el dominio de una espada de bambú y no requiere palabras; gracias a él, he sentido renacer en mí el antiguo espíritu de los samuráis. La prosperidad económica ha transformado a los japoneses en comerciantes y el espíritu de los samuráis se ha extinguido por completo. Ahora se considera anticuado arriesgar la vida para defender un ideal. Los ideales se han convertido en una especie de amuletos adecuados únicamente para proteger la vida de los peligros que la acechan.
Sólo cuando los estudiantes, erróneamente considerados los tranquilos continuadores de la obra de los Maestros, se enfrentaron a los intelectuales con una violencia aterradora, éstos se dieron cuenta (aunque ya era tarde) de que para defender las propias ideas es necesario estar dispuesto a sacrificar la vida.
Los actuales desórdenes estudiantiles recuerdan el periodo en que los sofistas, los antagonistas de Sócrates, aislaron a los jóvenes en el ágora y éstos se rebelaron. Pero yo creo que la vida de los jóvenes –y no sólo de los jóvenes sino de todos los intelectuales debe transcurrir entre el gimnasio y el ágora. Defender la propia opinión con opiniones representa una contradicción de método: yo soy de los que creen que una opinión debe defenderse con el cuerpo y las artes marciales. Mediante este razonamiento llegué espontáneamente a entender la noción que en la estrategia militar se conoce como “invasión indirecta”. Vista desde el exterior, ésta parece una lucha ideológica encubierta dirigida por una potencia extranjera, mientras que esencialmente es (al menos respecto a Japón) una batalla entre quien intenta violar la identidad nacional y quien se esfuerza por defenderla. Tal estrategia asume las formas más variadas y complejas, pues a veces provoca una lucha popular que adopta la máscara del nacionalismo y en otras se convierte en un combate de milicias irregulares contra un ejército regular.
Sin embargo, se puede afirmar que en Japón la modernización del siglo XIX echó por tierra el concepto de milicias irregulares y que fue así como el ejército regular asumió una importancia exclusiva. En la actualidad, una tradición similar se ha extendido incluso al Ejército de Defensa. A partir del siglo XIX Japón dejó de tener una milicia popular, a tal punto que en la Segunda Guerra Mundial el Parlamento aprobó una ley para enrolar voluntarios sólo dos meses antes de la derrota. Los japoneses consideramos que los ejércitos irregulares, que son las fuerzas adecuadas para las nuevas formas de guerra del siglo XX, deben emplear las simples estrategias del ejército convencional. Mi concepción de la milicia popular recibió siempre las críticas de todos aquellos con los que he conversado sobre el tema, que querían convencerme de que en Japón tal milicia no podría llevarse a la práctica. Les rebatía ese argumento afirmando que yo crearía una, sólo con mis fuerzas. Y éste fue el origen de las Sociedad del Escudo.
En la primavera de 1967, a los cuarenta y dos años, obtuve un permiso especial para participar durante dos meses en las maniobras del Ejército de Defensa, siendo admitido en una división de infantería como alumno oficial. Mis compañeros eran todos jóvenes de poco más de veinte años. Compartí hasta el límite de mis posibilidades su adiestramiento; corrí, marché y participé incluso en un entrenamiento para rangers. Fueron experiencias muy duras, pero logré superarlas. Se me ocurrió entonces que era imposible que jóvenes de veinte años no lograran realizar aquello que había sido capaz de hacer un hombre de cuarenta y dos. De mis experiencias deduje que, con un mes de prácticas, los jóvenes ignorantes de cualquier disciplina militar estarían en condiciones de conducir pequeños pelotones de hombres, y con la ayuda de expertos estudié y perfeccioné en seis meses un plan racional de ejercicios.
En la primavera de 1968 realicé mi primer experimento: me dirigí a un cuartel en las laderas del Fujiyama con una veintena de estudiantes y comencé el adiestramiento. Los militares nos recibieron con un evidente escepticismo. Pensaban que esos jóvenes, cuya educación de posguerra les había enseñado a evitar todo esfuerzo físico y a sustraerse a toda disciplina, no podrían sobrellevar un mes de severa vida militar.
Pero, para su sorpresa, esos jóvenes superaron la prueba comportándose como espléndidos jefes de pelotón durante simulaciones de combate en las que, después de una marcha de cuarenta y cinco kilómetros y una carrera de dos kilómetros, había que desarrollar diversas estrategias de ataque a una posición enemiga. Transcurrido ese mes nos separamos con gran pesar de los oficiales instructores y de los suboficiales, estrechándonos las manos con lágrimas en los ojos. En los años siguientes volví a llevar una vida de cuartel con los nuevos inscritos en la Sociedad, y adquirí el hábito, para mí insólito, de participar en sus ejercitaciones más difíciles. A continuación, en el otoño de 1968, bauticé a nuestro grupo con el nombre de Sociedad del Escudo. En Europa, un fenómeno semejante sería inconcebible. En Japón, como he dicho, aparte del Ejército de Defensa, no existen jóvenes civiles que hayan recibido adiestramiento militar, ni siquiera de un mes, a excepción de los inscritos de la Sociedad del Escudo. Por tanto, a pesar de ser sólo cien, la importancia militar de nuestro grupo es relativamente grande. En caso de necesidad, cada uno de ellos podría ponerse a la cabeza de cincuenta hombres y ocuparse de cumplir servicios auxiliares o de vigilancia, o de realizar incursiones o dedicarse a la información. Pero el objetivo fundamental de mi esfuerzo al crear esta asociación fue volver a encender la llama del espíritu de los guerreros, que en el Japón moderno se está extinguiendo.
Por último, deseo narrar un episodio que me parece adecuado para reflejar el carácter de nuestra Sociedad. Este verano fui huésped del cuartel que se halla emplazado en la ladera del monte Fujiyama en compañía de una treintena de estudiantes. El primer día nos dedicamos a cumplir un arduo entrenamiento bélico, bajo un cielo de fuego. Al regresar al cuartel cenamos y tomamos un baño, y después algunos estudiantes se reunieron en mi habitación. Sobre la llanura reverberaban relámpagos violáceos, se oían truenos lejanos y nos llegaba más cercano el canto de los grillos. Después de haber conversado sobre la dificultad de conducir un pelotón, un estudiante de Kioto extrajo una flauta travesera de un elegante estuche con forma de bolsa. Se trataba de un antiguo instrumento de Gagaku, la música de la corte; en la actualidad son muy escasas las personas que saben tocarlo. El estudiante confesó que había comenzado a estudiarlo alrededor de un año antes y que a menudo lo tocaba cuando llegaba el primero al lugar donde solía encontrarse con su novia, en un antiguo templo en los alrededores de Kioto, pues era la señal para que ella pudiese saber dónde estaba él. Vibraron las primeras notas de la flauta. Era una melodía antigua, melancólica y encantadora, una música que evocaba la imagen de un campo otoñal rociado de escarcha. Había sido compuesta en la época del Genji Monogatari, en el siglo XI, y había acompañado a la danza Olas del mar azul en la que se exhibió el protagonista de la obra, el Príncipe Esplendoroso.
Escuchando absorto el sonido de esa flauta, tuve la impresión de que el Japón de la posguerra jamás había existido, y que en esa música se hacía realidad (si bien por unos instantes) la feliz y perfecta armonía entre la elegancia y la tradición guerrera. Era exactamente eso lo que mi alma había buscado desde hacía muchos años.
Yukio Mishima

viernes, 3 de mayo de 2013

EL CLUB BILDERBERG TOMA DE NUEVO EL GOBIERNO DE ITALIA.



El nuevo gobierno italiano es encabezado por un miembro del club Bilderberg como digno sucesor de un gobierno ejercido por Mario Monti, un empleado del banco "norteamericano" Goldmann Sachs.

El miembro italiano del Club Bilderberg, Enrico Letta, acaba de asumir el cargo de Primer Ministro de la República de Italia con éstas palabras:

"En estos días he pensado en el personaje bíblico David.
Como él, y con él, nos encontramos en el Valle de Elah, en la espera de enfrentar a Goliat".

Una imagen vale mas que mil palabras.

lunes, 22 de abril de 2013

LA CABALLERÍA


LA CABALLERÍA

Es la marcha de nuestro antiguo pueblo renovada
Detrás de cruces púrpuras y negras.

Es la cabellera de Alejandro renacida
Y encerrada en el pesado acero de los yelmos.

Es el fuego del griego hecho ceniza
Esperando nuevos hombres de su estirpe.

Es la larga sombra del Hoplita
Es Roma que todavía está despierta.

Es España gestando la conquista
Con sus hombres de piedra y coraje.

Es una línea de sangre sucesiva
Persiguiendo la memoria de los otros soles.

Es la cruz donde se cruzan los caminos
Es el cáliz invisible, al que llaman Grial.

Es el rumor hiperbóreo de las aguas
Atravesando los hielos derretidos.

Son hombres despojados de sí mismos
Atados a una consciencia superior.

Son las sombras del viento hecho estandarte
Son los símbolos de otra humanidad.

Son un centro espiritual en movimiento
Buscando la lejana salida del sol.
Es el fiero galope de los siglos
El círculo de fuego de una Orden perseguida.

Es el firmamento púrpura de cruces
En un cielo plateado por espadas.

Es la carne lacerada del guerrero
Y su religión de espíritu y de acero.

Es la fortaleza de la última frontera
Una disciplina de honor y lealtad.

SER DISIDENTE. Juan Pablo Vitali. Ediciones Nueva República

sábado, 13 de abril de 2013

viernes, 8 de marzo de 2013

RELECTURA DE “LA GRAN NACIÓN” DE JEAN THIRIART.


La cultura no conformista europea posterior a 1945 presenta pocas figuras verdaderamente fundamentales. Una de éstas es seguramente Jean Thiriart, distinguido padre del europeísmo nacional revolucionario. Thiriart ha contribuido de forma esencial en la formulación de los temas centrales de nuestra visión del mundo, basta pensar en el mito de la Europa unida, aliada de los pueblos del Tercer Mundo y enemiga irreductible de los USA o en la definición del concepto de “mundialismo” término del cual el ideólogo belga fue probablemente también el inventor. Releer a Thiriart, hoy en 2004, cuando la anaconda estadounidense rodea Eurasia y se oyen, cada vez más alto, los cantos embaucadores de las sirenas del “choque de civilizaciones” es casi un deber. Para descubrir nuestras mejores raíces, para echar una mirada revolucionaria sobre el presente y sobre el futuro y para volver a ser, nietzscheanamente, buenos europeos.
Una Europa unida: una necesidad
La Grande Nazione es un texto que se remonta a los primeros años 60. A inicios de los años 90 ha sido sabia y necesariamente reeditado por Edizioni Barbarossa, con ocasión de la desaparición del autor, acaecida el 23 de noviembre de 1992, por una crisis cardiaca. Junto a “Un Imperio de 400 millones de hombres: Europa” (de la que parece que Edizioni Controcorrente estén preparando una nueva edición) el texto en cuestión es, quizá, una de las obras más famosas del pensador belga. En sesenta y cinco tesis ágiles y desenvueltas, Thiriart traza un verdadero y auténtico programa político, tocando simultáneamente tanto la concreción pragmática como la imaginación visionaria. El punto de partida del discurso thiriarista es la constatación de lo ineludible de la dimensión continental; ya en el primer punto se declara que “ya no existe, actualmente, ni independencia efectiva ni progreso posible fuera de las grandes estructuras políticas organizadas a escala continental […] Hoy, la dimensión europea es el mínimo posible para el nacionalismo europeo”. Este tipo de nacionalismo se basa en una identidad de destino requerida para un gran designio común, se funda sobre un proyecto para el porvenir.
Por lo demás “una Europa sin nacionalismo es […] imposible. Es una concepción abstracta, típica de la izquierda "light", contradictoria en los términos. ¿Qué es una nación sin sentimiento nacional?”. El ideal nacionalista gran-europeo se estructurará históricamente como obra de un partido revolucionario. La liberación y la unificación del continente serán obra de una estructura rigurosamente centralizada y jerarquizada de tipo leninista, dentro de la cual “los mejores europeos vivirán Europa antes del nacimiento del Estado europeo”.
Unida, armada, independiente
¿Qué forma deberá tener la Europa del futuro? Es sabido que Thiriart fue siempre ajeno a cualquier lógica “organicista” y esto le marcó un límite ideológico, más bien estricto. Su idea de Nación Europea no puede asumir connotaciones regionalistas, federalistas o propiamente imperiales (si bien, Thiriart mismo use a veces el término “imperio”). Aquí el pensador belga es clarísimo: la Europa de las patrias, la Europa federalista podrá ser útil solamente durante una fase transitoria. La verdadera Europa del futuro deberá ser unitaria. En el paso del Estado-nación a la organización a escala continental no hay un cambio cualitativo (como por el contrario, ha intuido De Benoist, profundizando en la esencia específica de la forma imperial) sino solamente una ampliación cuantitativa. La Europa nación será un Estado más grande, y no otra cosa distinta respecto a los viejos pequeños Estados. Unitaria e indivisible la “Gran Nación” deberá estar necesariamente armada, los europeos deberán dotarse de arsenales atómicos propios como única verdadera garantía de independencia y para garantizar el equilibrio mundial. Thiriart prevé también la necesidad de la moneda única europea, lugar de paso obligatorio en el camino de la independencia: “el fin del protectorado americano pasa por supresión de la tutela del dólar y la creación de una moneda no extranjera, sino europea, basada en nuestra prodigiosa potencia económica”.
Contra los imperialismos antieuropeos
Las partes menos actuales de La Grande Nazione resultan ser aquellas más directamente focalizadas en la situación geopolítica de la “Guerra Fría”, la época en la que Thiriart escribe y de hecho la del Muro de Berlín y de la división del viejo continente en dos bloques antagónicos. No obstante, a algunas décadas de distancia de aquellas reflexiones, podemos hoy leer en toda su sabiduría y amplitud de miras, las tomas de posición thiriaristas e incluso cotejarlas con las de los que en la época se refugiaban bajo la sotana de los ocupantes americanos contra los ocupantes rusos o viceversa. La idea fundamental de Thiriart es que apoyarse en un ocupante para combatir a otro es una posición suicida: “quien quiera la salida de los rusos debe querer también la de los americanos y viceversa”. La propia crítica de la URSS, de todas formas, viene formulada en la conciencia de que: “en tiempos más lejanos la frontera de Europa pasará indudablemente por Vladivostok” En cuanto a América, Thiriart nunca ha sufrido esa tentación occidentalista que a menudo ha contagiado a diversos exponentes del neofascismo europeo; para el fundador de Jeune Europe, la OTAN es una fuerza de ocupación de la que desembarazarse lo más pronto posible, La civilización americanomorfa es una idea totalmente carente de recursos vitales: “mañana nadie querrá morir por la plutocracia”
Derecha, izquierda y más allá
En cuanto a los ordenamientos políticos internos, Thiriart se declaraba favorable a una democracia postliberal, no parlamentaria y por tanto no plutocrática. Es necesaria una democracia europea nacional: “nuestra democracia será directa, jerárquica, viva y hundirá sus raíces en toda la Nación” Sus reglas serán capacidad y responsabilidad. ¿Posiciones de derechas o de izquierdas? Como persona inteligente, Thiriart huía de semejantes categorías. Fiel al pensamiento de Ortega y Gasset, que veía en la derecha y en la izquierda dos formas de hemiplejía mental; rechazaba las definiciones burguesas para situarse, más bien, como la vanguardia del centro (que, “ça va sans dire”, en esta acepción no tiene nada que ver con la ciénaga democristiana o “giolittiana”…) Hoy, la auténtica distinción política fundamental es la que distingue a los partidos extranjeros del partido de los europeos. Los colaboracionistas son ante todo traidores, así como los europeístas son ante todo patriotas, prescindiendo de la ubicación política de unos y otros.
La economía de potencia
Autarquía, independencia, potencia, dignidad social; estos son los valores de la concepción económica thiriarista. Contra los desastres de la economía utópica (marxista) y de la economía del beneficio (capitalista), hay que recurrir a la economía de la potencia que apunta al máximo desarrollo del potencial nacional y busca mantener autárquica la economía nacional, al menos en lo que respecta a los sectores estratégicos. La idea de fondo es que cuanto más poderoso e independiente es un país, más libres son sus ciudadanos. Por otra parte, sin acceso a las materias primas no hay independencia económica y sin independencia económica no hay socialismo. La construcción del socialismo precisa de una autarquía continental europea: “existen para la planificación, como para la autarquía, un valor y un volumen crítico, por debajo del cual la tentativa está destinada al fracaso […] una pequeña nación no puede elegir libremente su tipo de vida económica y social, debe tener en cuenta diversas interferencias extranjeras. De lo que resulta que cuanto más pequeña es una nación, más sometida está a las influencias extranjeras […] Ningún intento de socialismo comunitario y vital por debajo de la dimensión europea” Ni puede tener sentido un socialismo internacionalista, cosmopolita y mundialista: “La nación es el envoltorio y el socialismo su contenido”. El socialismo sin la nación es una abstracción que no puede llegar lejos.
El comunitarismo
El comunitarismo es pues un socialismo laicizado, separado de las utopías, desembarazado de los dogmas. En concreto: “el máximo de propiedad privada dentro de los límites siguientes: la no explotación del trabajo ajeno, la no injerencia en la política por hipertrofia de la capacidad económica y la no colaboración con intereses ajenos a Europa y a su beneficio”. Lo que cuenta es el dominio de la política sobre la economía. Por ello, solo la gran propiedad que puede poner en peligro la soberanía política es eliminada, mientras que la pequeña propiedad es garantizada. Fundamentalmente el derecho a la propiedad de la casa para garantizar a cada uno su propio enraizamiento en la sociedad. La política debe dirigir la economía teniendo en cuenta la organización específica de las empresas (o sea, el tipo de producción: fabricar paraguas no es lo mismo que producir alta tecnología) y de su reglamentación dimensional (o sea, del volumen de la empresa: una empresa con cincuenta empleados es diferente de una que tiene cincuenta mil). Solo las industrias de dimensiones extraordinarias o de importancia vital deben ser nacionalizadas, mientras que la pequeña empresa puede, muy bien, ser privada. Dentro de estos límites y con estas condiciones, Thiriart ve un factor positivo, incluso en algunos aspectos de la economía de mercado: la libre empresa es competición, por ejemplo, generan una selección y la asunción de responsabilidades. No son pues, un mal en sí mismas. “La función comunitaria consiste en controlar que la máxima productividad esté garantizada con una justicia social vigilante”. Es solo en el seno de dicho socialismo comunitarista, donde podrá tener lugar la auténtica liberación del trabajador. Los proletarios serán transformados en trabajadores y los trabajadores en productores: “la supresión del proletariado se realizará a través de la liberación de los trabajadores […] Nosotros devolveremos a los trabajadores sus responsabilidades y su dignidad. Suprimiremos las clases sociales, dando el puesto de honor al trabajo del hombre, único criterio de valor. Nuestra jerarquía estará basada esencialmente en el trabajo. Queremos una comunidad dinámica por medio de la colaboración en el trabajo de todos los ciudadanos”. Al mismo tiempo, serán combatidos los vagos y los explotadores, haciendo del trabajo una obligación, para así sacar a los parásitos de sus madrigueras.
Contra la falsa Europa
Ésta y solo ésta, es la verdadera Europa. Thiriart lo sabía: peor que los enemigos de Europa, solo son sus falsos amigos. “La evidencia de Europa es tal que sus propios ocupantes son constreñidos a usar un lenguaje europeo. Existen multitud de organismos, de comités y de círculos “europeos”. Europa está de moda y sirve para el despegue de muchos aficionados e intelectuales. De esta Europa de las charlas, de esta Europa de los banquetes, nunca saldrá una Europa de sangre y de espíritu. Ésta se hará cuando la fe en la Europa nación haya penetrado en las masas y haya entusiasmado a la juventud, esto es, cuando haya una mística europea, un patriotismo europeo. La verdadera Europa no vendrá realizada por juristas o comisionados; será obra de combatientes que tengan la fe de los revolucionarios”. Él, ya lo había comprendido todo.
ADRIANO SCIANCA